Hay lugares que se descubren y otros que se escuchan. En este viaje, aprendimos que el Llano tiene su propio idioma: se habla en el canto de un vaquero al amanecer y en el rastro que dejan las toninas al romper el agua. Rodamos por trochas que parecen no tener fin, donde los monos nos observan desde la copa de los árboles y el horizonte se ensancha hasta que el mapa deja de importar. Pero la verdadera magia apareció al caer el sol: cuando las historias de la vida llanera se mezclaron con el baile y el zapateo, recordándonos que la aventura no es solo el recorrido, sino los momentos de descanso y encuentro.
