Volvimos a Caldas para confirmar que siempre hay una forma nueva de mirar lo conocido. Aunque recorrimos los mismos pueblos entrañables, esta vez el alma encontró un refugio distinto: un día de descanso absoluto frente a la inmensidad del embalse de Amaní. Esa recarga de silencio en la montaña nos preparó para el encuentro con las aguas de Norcasia, donde el lado más juguetón de la manada volvió a despertar. Juntas en el agua, entre risas y saltos, celebramos este paraíso que nos invita, una y otra vez, a recordar que el disfrute es nuestra brújula más honesta.
