Este viaje fue la prueba reina de nuestra propia transformación. Empezamos envueltas en lana, saludando frailejones bajo el aliento frío de los picos nevados, y terminamos buscando la sombra fresca de los árboles de mango. Fue el placer de ir guardando guantes y gorros para, poco a poco, sentir el aire del Tolima directamente en la piel, quitándonos las camisetas para celebrar que el sol ya era nuestro compañero. De la cumbre mística al calor vibrante de la planicie, esta ruta nos enseñó que cambiar de clima es la mejor forma de recordar que estamos despiertas y en movimiento.
